Las separaciones resultarán más llevaderas para los dos si las preparamos con suficiente anticipación.
Cuando se trate de un recién nacido, hay que valorar hasta qué punto necesitamos salir. No tiene la misma importancia resolver un trámite que ir de compras con una amiga. Pero lo segundo también puede estar justificado: después de un paseo ocioso, volveremos relajadas y el chiquito agradecerá nuestro buen humor. A medida que vaya creciendo podremos distanciarnos de él con mayor frecuencia.
Los tres primeros meses son los más delicados, ya que los bebés establecen una intensa relación con su mamá. Ausentarse con frecuencia no es recomendable. En caso de que sea imprescindible, conviene aprovechar sus ratos de sueño y volver pronto.Entre los cuatro y los seis meses, la situación empieza a cambiar. Se muestran afectuosos con facilidad porque todavía no distinguen bien a los extraños. Para las mamas que trabajan puede resultar ahora más sencillo que el pequeño se adapte a la guardería o a una niñera que si esperan a que crezca un poco.
Desde los seis y hasta los doce, los chicos desarrollan la llamada “angustia de la separación” (el punto culminante se produce hacia los ocho meses) y cambian de actitud: lloran cuando se acerca un desconocido y les cuesta mucho separarse de mamá o de la niñera. Aun así, ya son capaces de realizar muchas acciones solos y pueden jugar con otras personas. Durante esta etapa, a nuestro bebé no le hará demasiada gracia que salgamos, pero terminará por aceptarlo.
