Se puede tener sexo durante el embarazo

Pero siempre que en las exploraciones preventivas el especialista no detecte nada preocupante, los temores no tienen razón de ser. El pene no llega a tocar al bebé, la bolsa con el líquido amniótico y los blandos tejidos del cuello uterino lo protegen.

Es cierto que durante el orgasmo el útero se contrae rítmicamente y la sensación que recorre el cuerpo recuerda al inicio de las contracciones del parto. Pero no es nada más que eso: una sensación. Es cierto que determinadas hormonas del esperma (las prostaglandinas), en concentraciones tan elevadas como nunca estarían en el semen, pueden utilizarse para ablandar los tejidos del cuello uterino una vez que éste ha comenzado a dilatarse. Pero no tienen absolutamente ninguna influencia sobre el organismo fuera de esa situación. Sólo si el útero ya está dispuesto para el parto, teóricamente, una relación coital seguida de eyaculación podría llegar a acelerarlo. Pero si ese momento no ha llegado aún, ni el coito ni la eyaculación ni el orgasmo femenino pueden provocar un adelantamiento del parto.

Hay que tener más cuidado cerca de la fecha prevista para el parto (cuando la mujer mancha, ha roto la bolsa o el tapón de la mucosa se ha desprendido). En estas circunstancias, algunos ginecólogos recomiendan (sin explicación avalada en evidencias sólidas) el uso del preservativo; otros, no mantener relaciones sexuales.

¿Y si a pesar de todo el miedo persiste? Aunque la cabeza nos dice que no hay por qué preocuparse, a veces los temores se niegan a abandonarnos. Y entonces, ¿cómo se deben afrontar? Los psicólogos recomiendan hacer caso a la intuición. Los miedos, por mucho que nos cueste entenderlos, deben tomarse siempre en serio y respetarse.

Para conseguir la comprensión de la pareja es primordial que el hombre y la mujer expresen sus temores claramente y sin reparos. Si se mantienen en secreto, sólo conseguirán que el otro saque conclusiones erróneas (”El me encuentra desagradable por la panza”; “Desde que quedé embarazada ha perdido el interés por mí”). La mayoría de las personas toman una negativa categórica como algo personal e intransferible.

De buenas a primeras, a todo el mundo le cuesta admitir sus miedos o aversiones: que nos pasan muchas cosas por la cabeza, pero el sexo ni en sueños; que preferimos unos mimos a las relaciones sexuales apasionadas; que los pezones nos duelen cuando los tocan; que los movimientos del pene producen ciertas molestias; que nos vemos horribles; que las posturas predilectas no resultan cómodas.

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